Manatí (Atlántico).

Domingo 2 de marzo de 2014

Estando en Sabanalarga, me hablaron bien de Manatí. Cuando salí en busca del transporte, observé a dos cuadras que, un bus salía ya en la dirección correcta. Así que, de una, abordé una moto que, a mil por hora, me llevó hasta el puente de la salida, donde alguien dijo que se detenía el transporte. Y sí, allí lo alcanzamos, luego de pasar sustos en cada escuadra que cruzábamos, pues me daba temor que en la próxima esquina, apareciera otro vehículo con el cual pudiésemos chocar. A Dios gracias no pasó nada y me sentí feliz, por la suerte que tuve, al alcanzar esta oportunidad de viaje. Eso sí es ser afortunado!

Pal
Palacio Municipal de Manatí.

Anteriormente el  poblado se llamaba San Luis Beltrán, en memoria del misionero dominicano que pasó por sus tierras, pero en vista que alguna vez sus pobladores encontraron el mamífero en una de las lagunas, decidieron llamar Manatí a su pueblo.

El viaje a Manatí lo hago en un bus viejo, pero repotenciado. Mi destino está a 22 kilómetros de Sabanalarga y el pasaje cuesta $4.000.  Cada dos mil metros, está marcado, a un lado de la carretera, con excelente asfalto, la cuenta regresiva de los kilómetros, desde 22 hasta cero. El paisaje es precioso, se ven fincas ganaderas con el nombre en la portada. Total que estas son tierras seguras y prósperas.

Qué cosas tan bellas las que observo desde mi ventana. Frente a la casa donde se bajó la señora, había una gallina con seis pollitos muy tiernos, que no perdían de vista la compañía de su madre; también buscaban alimento, otra gallina cocotera y un gallo elegante y altivo, de aterciopelada cola negra y roja. Más allá se ve ganado rumiando, bajo un árbol frondoso y absolutamente fresco.

Atlántico, como cualquier otra región, tiene cosas muy lindas. Uno cree que la costa es solo ‘morideros’, pero no, en cada sitio se encuentran paisajes tan sorprendentes,  como uno quiera descubrirlos. Uno ve lo que espera mirar, encuentra lo que anhela. Es como si la belleza y la admiración, las llevara uno en el alma.

La carretera a Manatí, como la que va de Baranoa a Usiacurí, me ha descrestado.  Qué tal si en Sabanalarga no salgo a conversar con la gente. Fue la chica de las llamadas, la que me informó que Manatí quedaba a media hora y valía la pena conocerlo.

Bares
Casetas con lugareños de Carnaval.

Cerca de Manatí, en la recta que hay a la entrada, se ven varios estaderos con muchos hombres enfiestados y algunos con la cara cubierta de harina. Claro, estamos en pleno Carnaval. La música suena a gran volumen, hasta me gustaría tomar una cerveza allí, escuchando vallenatos clásicos, pero mejor me doy ese gusto esta noche, en las casetas ubicadas frente a mi hospedaje.

Al llegar le pregunto a una muchacha qué hay para conocer en este pueblo, y su respuesta fue:

‘Esto…, ahora mismo, que yo sepa,  ná’

Parque
Parque lineal e iglesia de Manatí.

No obstante, me encantó Manatí. La iglesia principal, muy bella, con una fachada pintada, por estos días, de colores blanco y plata;  dos torres de terminaciones pulidas, contra la cual pegan los rayos de un lánguido sol. Hasta en eso fui afortunado, al poder fotografiar el templo con luz favorable. La iglesia no tiene plaza al frente, pero sí un parque lineal  muy agradable, que están terminando, con bancas suficientes y cómodas, matas de jardín y un separador con árboles jóvenes, recién sembrados.

Abajo está El Rancho de Erick, donde toman licor algunos hombres. Los que están más borrachos, soportan y se ubican al pie de unos bafles que, despiden música a todo dar.

Caballo.
Singular caballo con su dueño al lomo.

Hay un lugareño que me pide una foto y, efectivamente, disparo mi cámara cuando él monta en su bestia, de colores café y blanco, que más parece un ternero. Pero está bonita y muy singular esa yegua, con tamaño lucero en la frente.

Bueno, debo ubicarme a la salida del pueblo, pues el último bus que va para Barranquilla sale a las cinco de la tarde. Entonces, mientras aparece el transporte,  converso con una profesora que califica tareas en la terraza de su casa. Trabaja en la escuela del pueblo y, apenas la noto como desmotivada, la animo a hacer su trabajo con entusiasmo, pues si se quiere cambiar la sociedad actual, el trabajo con niños es una oportunidad única.

Me hubiera encantado ver algunos cuadernos de sus alumnos, pero en ese momento se escuchó, a tres cuadras,  el trompetazo del bus que va para Barranquilla y en el cual viajaré, luego de pagar los $8.000 por el pasaje. En las casetas de la entrada a Manatí, se ven ya parejas bailando pegadito, como danzan los costeños. Ya muchos están ebrios y el ambiente puede volverse pesado. Algunos niños juegan en las calles polvorientas mientras que un paisano se dirige en burro hasta su casa. A esta hora el sol decadente tiñe de naranja los árboles que dan sombra en la avenida.

Tarde.
Atardecer sobre la avenida polvorienta.

Qué tarde tan bella la de hoy. El sol ilumina todo lo que aparece ante mi vista, a través de la ventana grande, por la que también entra una brisa deliciosa. Me impresiona la belleza de los árboles que crecen en medio de los pastizales. Por la falta de lluvias, los más débiles están hechos chamizos, pero no dejan de sorprenderme, con su diseño original, que se destaca contra un cielo azul claro, de pocas nubes. Todo: el firmamento transparente, las cercas de los potreros, el ganado de color café y blanco, los burros relajados, las garzas librando de garrapatas a las vacas o las que viajan  surcando el cielo, todo, me parece de ensueño y lo disfruto al máximo. Lo bueno de viajarenverano.

No tengo que preocuparme por si viene un carro o si hay que mermar velocidad, para eso tengo un conductor experimentado, que trabaja para mí y permite que pueda extasiarme con tantas bellezas. La ventaja de viajar en transporte público.

Veo árboles de totumo, de hojas muy verdes, a pesar del verano, y con los frutos como huevos, colgando de las ramas . Qué árboles tan bellos, Dios mío; el sol naranja de la tarde, les ilumina los troncos, dándoles un tono dorado encantador. En una de las fincas que observo, ya están en ‘el corral de los terneros’, las reses más jóvenes, esperando la noche. En el patio de atrás, el perro se rasca las pulgas, con la pata trasera en alto y las gallinas suben ahora al árbol donde duermen todas las noches.

A poco de llegar a Sabanalarga, sonó por el radio del bus, aquel famoso vallenato de Lizandro Meza, que dura más de diez minutos y que tiene una música cadenciosa y letra con gran sentido filosófico: Miseria Humana. Acá en la costa, sí que se escucha bueno esa canción, que siempre me ha gustado, pero hacía años no oía.

‘Bajo de un ciprés sombrío, y verde cual la esperanza,

y con fúnebre soyanza, estaba un cráneo vacío;

yo sentí pavor y frío, al mirar la calavera,

pareciendo que su esfera, como que se reía de mí,

y yo de ella me reí viéndola tan calva y fiera.

Dime humana calavera, que se hizo la carne aquella,

que te dio hermosura bella, cual lirio de primavera;

Que se hizo tu cabellera, tan frágil y tan liviana,

dorada cual la mañana, de la aurora en nacimiento,

que se hizo tu pensamiento, respondé Miseria Humana.

Calavera sin pasiones y  qué se hicieron tus ojos,

con que mataste de hinojos, alélicos corazones,

que represo de ilusiones, te amaron con soberana,

pasión que no era villana, en estas horas tranquilas,

y qué se hiciste tus pupilas, respondé miseria humana…

Todo este paisaje me remonta a la infancia. Incluso ahora veo árboles de ciruelo, una fruta que abunda en  esta parte de la costa. Y recuerdo la vez aquella en Santafé de Antioquia,  cuando tenía como doce años y me caí de un árbol fibroso de ciruelas, que había detrás del solar de mi casa. De momento quedé sin respiración, estaba completamente solo y, menos mal, apenas se lastimaron mis costillas. Al momento de levantarme, fue cuando alguien se asomó por fin, detrás de la tapia y vino en mi ayuda.

De nuevo por Sabanalarga, y en otra casa campesina, la abuela sale a la puerta cargando una bebé de cinco meses, tan bella y tierna que provoca mimar. Los perros, tan curiosos y fieles, no se pierden la llegada del bus y con el rabo enloquecido, dan la bienvenida al habitante de la finca. Más adentro, un par de burros se refrescan dando vueltas, patas arriba, sobre el piso polvoriento, ya libre de enjalmas y luego de un día de arduo trabajo.

Sobre un pequeño cerro, un potrico de dos meses, brinca y hace cabriolas, mientras su madre lo mira de reojo. El pequeño animal tiene tantas y tan nuevas energías, que necesita gastarlas de alguna manera, para poder descansar luego. Con tanto voltaje a favor, sería imposible dormir.

Chofer
Conductor del bus modelo 88.

Ya es raro ver un televisor ‘barrigón’, en un bus de servicio intermunicipal. Como el carro en el que voy es modelo 88, claro, tiene un equipo de video viejo, colocado justo encima del puesto del conductor. A orilla de la carretera, postes de un metro de alto, color naranja fosforescente, señalan la línea por donde, hace poco, fue enterrada la red del gas domiciliario.

No, definitivamente viajar, conocer, hablar con los lugareños, disfrutar del paisaje, sí es lo mejor que hay. En este mes de marzo, quisiera conocer los pueblos del Huila, no dispongo de mucho dinero, ya veremos. La ventaja de viajar con poco presupuesto.

Al llegar a Sabanalarga, el bus se detuvo frente a la panadería La Estación, en donde aproveché para cenar con un patacón relleno de carne y cubierto con huevo y harina.  De Sabanalarga a Baranoa, son solo 17 kilómetros y hasta Barranquila, 38.

Apenas reiniciamos la marcha, subió al bus un personaje muy especial: se trata de un travesti que, con larga cabellera y falda corta,  saludó a todos los pasajeros en voz alta y con gran aspaviento, diciendo:

‘Permiso que aquí llega La Reina del Carnaval

Todos nos reímos, claro, mientras el ‘hombre’ recorrió el pasillo central del bus, como si fuera una pasarela, y se ubicó en la silla que más le gusta: la de atrás.

En la Cordialidad con calle 21 abordé el bus de Sobusa, que traía los asistentes a la Gran Parada y por lo tanto venía lleno. No fue tan tormentoso el viaje de pié, pues la distancia hasta mi hotel es corta. Así que llegué muy satisfecho a lavar ropa, bañarme y a dormir.

Qué día tan maravilloso viví hoy! Que se repita!

Manatí tiene en total 14 mil habitantes, de los cuales 12.500 viven en el pueblo y los 1.500 restantes, en las fincas. El burgomaestre de los manatieros, hasta el 2015, es el señor Abel Antonio Devia Vizcaíno.

Germán Vallejo

En este Blog publico relatos de mis viajes por Colombia y Antioquia. Desde el 2004 he realizado viajes, casi siempre solo, con pocos recursos y en transporte público. Estoy convencido que en un día soleado todo se ve más bonito, por lo que prefiero viajarenverano. Bienvenidos.

4 comentarios en «Manatí (Atlántico).»

  • el 2 septiembre, 2015 a las 11:58 pm
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    Hola German, me gustó tu articulo y estoy interesado en viajar a manatí, Atlantico.
    Queria saber, aproximadamente cuanto gastastes en hospedaje, alimentación y transporte ?

    Gracias por tus aportes y tu atencion.

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    • el 3 septiembre, 2015 a las 8:20 am
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      Mira, no es necesario hospedarse en Manatí, donde no debe haber muchos hoteles. Como está cerca de Barranquilla, puedes ir y regresar en un solo día.
      Saludos.

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  • el 23 septiembre, 2020 a las 8:09 am
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    buenos días señor Germán Vallejo.
    soy manatiera, y lo invito a regresar de viaje a nuestro municipio, el cual ya cuenta con personas capacitadas en Eventos Turísticos los cuales les pueden realizar un recorrido por los sitios turísticos naturales y urbanos de nuestro municipio. Agradeciendo de antemano la atención prestada a la presente.

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    • el 24 septiembre, 2020 a las 10:57 am
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      Me encantaría regresar. Ustedes los guías turísticos también deben capacitar a sus paisanos para que conozcan y valoren las bellezas de su tierra. Gracias por tu comentario, saludos.

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